Por: Giancarlo Sánchez
En un clima de trastornos sociales, desde la segunda mitad del siglo XX, la connotación negativa del término chicha empezó a registrarse desde la música. A la música chicha se le fue dando esa carga negativa en vista a sus características musicales (instrumentos, ritmos y sonidos), a las personas que convocaba (que fueron estigmatizándose) y las nuevas manifestaciones sociales que se fue generando a partir de ella.
Lima, adecuando a su ritmo y lógica a los nuevos migrantes, a la vez, fue adecuada a los valores, costumbres y tradiciones de ellos mismo, generando cambios en todos los ámbitos de la sociedad.
Es así como incluso la música de todo el interior del país (la música sentida como expresión cultural, tradiciones y estilos de vida), fue calando espacio en la Lima de Pinglo, melódica de vals y música criolla hoy copada por los nuevos limeños.
Llegado nuestros días, más allá del boom de la cumbiallorona que le canta a las nupcias dolor-amor (“que levante la mano quien no lloró un amor”), agonizante el vals limeño, la música criolla y negra, la música andina y los primeros ritmos chicha entre los jóvenes modernos y posmodernos por la cada vez más recargada música importada del capitalismo global automatizadora del comportamiento, aparece la fusión de géneros y ritmos musicales que intentan salvarlo e incluirlos en los gustos actuales, buscando así aceptación y mercado. Más aún, intenta sacar del closet aquellos sentimientos frustrados que el grupo de iguales, la pertenencia a un estrato social diferente, gustos de otros géneros y ritmos musicales, entre otros, limitan la expresión de nuestra privada choledad.
Es decir, vistos que la influencia del boom de la música cumbia se extiende, la andina y criolla agonizan en la urbe mayoritariamente de jóvenes y la del mercado nos van automatizando, quizá hemos hallado otra manera como la música popular pueda incluirse en espacios, sectores o estratos sociales ajenos a ella y sus integrantes puedan sentir y vivir sus ritmos y sonidos sin sentimientos de vergüenza por lo nuestro (siempre y cuando guardes gustos ocultos por la expresión popular).
Contribuyendo en esto Jean Pierre Magnet, Miky Gonzáles, Bareto, Radio huayco, Jaime Cuadra (el Cholo Soy suena en el 007), entre otros, han hecho de la música popular (chicha, andina, folklórica, criolla, cumbia, negra y tropical) una fusión con géneros como el jazz, la electrónica, el rock, entre otros, tratando de ganar espacio entre diferentes sectores o estratos sociales nacionales e incluso internacionales (bueno, en este último ya estamos en boca del mundo sin ser necesario la fusión, South Park hace poco también hizo famosa nuestra música).
Así pues, si antes esperabas los efectos del alcohol para con tu grupo ser todos cómplices de la liberación y expresión a gritos de nuestra privada choledad (claro, cómplices todos y en alcohol se es menos rochoso que estando sobrio) toneando al ritmo de “Soy muchacho provinciano”, “El pisao”, “El embrujo” “Qué linda flor” y cualquier otro que sin querer queriendo ya te aprendiste la letra, hoy ya no necesitas esperar dichos excesos, pues desde el inicio de tu diversión puedes sacar el folklórico del closet que llevas dentro exponiéndolo públicamente y, en complicidad, poner en práctica el peruanísimo: “hasta las 6 de la mañana me vacilo, hasta las 6 de la mañana me amanezco”, claro, justificado siempre y cuando tu identidad, sentido de pertenencia y ubicuidad geográfica trasciendan.
A juzgar si nos parece bien o no la fusión de estos géneros musicales, si nuestros sentimientos culturales, particularmente, siempre han sido públicos o se han encontrado en una privada choledad y ahora se muestras reforzados o liberados, si esta fusión revive nuestras composiciones y manifestaciones musicales en declive, si esto sólo es cuestión de marketing y business o si esto refuerza nuestro: "Perú en boca del mundo" o es algo pasajero, no trascendental, o quizá sea el impuesto que la música popular tiene que pagar para que pueda trascender, aunque a muchos no les guste.
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